LA SABIDURÍA, LA SOCIEDAD  Y EL GOBIERNO  SEGÚN LAO TSE

Santos Benetti 

Ofrecemos este compendio de máximas del sabio oriental Lao Tse (siglo V a C) que, increíblemente, consideramos son de gran vigencia en los tiempos actuales, sobre la sabiduría del vivir, sobre la vida de la sociedad y sobre el buen y el mal gobierno.

Los textos que ofrecemos están extraídos del libro " Wen-Tzu," escrito por los discípulos de Lao Tse ( entre ellos el propio Wen Tzu) que recogen las enseñanzas del maestro. 
Hemos agrupado los textos en 3 rubros: la Sabiduría del ser humano, Convivencia Social y Gobierno del pueblo.


Lao Tse nos ofrece el “Camino” de la naturaleza, del cosmos y de la vida humana para lograr un estado perfecto individual y social.

La palabra Camino o "Tao"  indica el orden fundamental, la "Ley" que todo lo rige para conseguir la armonía, la energía original que se desarrolla en el cosmos y en la vida y nos guía hacia la perfección.  
Es como un río que fluye lentamente, que nunca se detiene y que es increíblemente poderoso pues mantiene al universo físico y humano en orden y equilibrio.

Por eso la vida humana no es estática sino que está en permanente cambio y entre grandes fuerzas opuestas o complementarias (positivas y negativas) y notables contradicciones, tal como sucede en el Universo. 

El hombre sabio acepta esta condición y va pasando del no ser al ser, de la imperfección a la perfección, del desorden al orden, de lo posible a lo real, de la mente a la acción, de la pasión al sentimiento, buscando siempre la integralidad armónica  del Todo, de las fuerzas masculinas con las femeninas, del yan con el yin. 
Evita los extremos y llega a una síntesis armónica de los elementos opuestos.

En cambio, como dice Lao Tse, 
cuando se olvida la Sabiduría del Tao, 
la justicia se degenera 
y la sabiduría  se transforma en necedad
”.

El camino humano es, pues, la búsqueda del Camino de la Armonía y de la Sabiduría.  
 

I- MÁXIMAS SOBRE  LA SABIDURÍA

La  sabiduría  no tiene nada que ver con el gobierno de los demás, 
sino que es un asunto de ordenarse a sí mismo. 
La nobleza no tiene nada que ver con el poder y el rango, 
sino que es un asunto de autorrealización; 
se logra la autorrealización, y el mundo entero está dentro de uno mismo. 
La felicidad no tiene nada que ver con la riqueza y la condición social, 
sino que es un asunto de armonía.
 

Los hombres sabios son humildes y modestos, 
puros y tran­quilos, deferentes en su hablar. 
Tienen mentes abiertas y no posesivas. 
Porque ven lo humilde, pueden alcanzar las alturas; 
porque ven lo que falta, pueden alcanzar la bondad y la sabiduría.
Por ello, los sabios se mantienen en lo femenino 
y se apartan de la extravagancia y de la arrogancia; 
y no se atreven a actuar violentamente. 
Porque se mantienen en lo femenino, pueden establecer lo masculino; 
por­que no se atreven a ser extravagantes y arrogantes, pueden resistir mucho tiempo.

Cuando los sabios quieren ser valorados por otros, primero valoran a los demás; 
cuando quie­ren ser respetados por los demás, primero los respetan. 
Cuando quieren superar a otras personas, primero se superan a sí mismos; 
cuando quieren corregir a los demás, primero se corrigen a sí mismos. 
Así, son al mismo tiempo nobles y humildes, utilizando el Cami­no para ajustar y controlar esto. 

Los sabios no dejan que los negocios per­turben su vida 
y no permiten que los deseos con­fundan sus sentimientos. 
Hacen lo que es apropiado sin artimañas; se confía en ellos aunque no hablen. 
Tie­nen éxito sin pensar en él, logran sus metas sin estrata­gemas.
Por lo tanto, cuando están arriba, la gente no lo toma a mal; 
y cuando no están al frente, los demás no les atacan. 
Todo el mundo recurre a ellos, los traicio­neros le temen. 
Como ellos no luchan con nadie, nadie se atreve a luchar con ellos.
 

La luz espiritual es el logro de lo interno. 
Cuando las personas alcanzan lo interno, sus órganos interiores están en calma, 
sus pensamientos son ecuánimes, sus ojos y oídos están claros, 
y sus nervios y huesos son fuertes. 
Son poderosas pero no belicosas, firmes y fuertes pero nunca temerarias. 
No son excesivas en nada, ni inadecuadas en ninguna cosa.
Así pues, los castigos no son suficientes para cambiar las costumbres, 
las ejecuciones no son suficientes para detener la traición. 
Sólo la influencia espiritual es válida.

El cuerpo es la morada de la vida, la energía su fundamento, el espíritu su controlador: 
si se pierde su respectiva posición, los tres son perjudicados. 
Por ello, cuando el espíritu es el que conduce, el cuerpo le sigue, 
produciéndose resultados beneficiosos; 
cuando el cuerpo es el que conduce, el espíritu le sigue, 
pro­duciéndose resultados dañinos.
 

Quienes alcanzan el Camino de la sabiduría 
son débiles en la ambición pero fuertes en la acción; 
sus mentes son abiertas y sus respuestas ajustadas. 
Quienes son débiles en la ambición 
son flexibles y complacientes, pacíficos y tranquilos; 
se ocultan en la actitud de no adquirir y aparentan ser inexpertos. 
Tranquilos y sin estratage­mas, cuando actúan lo hacen a tiempo.

Por ello, la nobleza debe estar enraizada en la humildad, 
el espíritu elevado debe estar basado en la modestia. 
Utiliza lo pequeño para contener a lo grande; 
permanece en el centro para controlar lo exter­no.
Quienes practicaban antaño el Camino, 
ordenaban sus sentimientos y su naturaleza 
y gobernaban sus fun­ciones mentales, 
alimentándolas con armonía y conser­vándolas proporcionadamente. 

El Camino del Cielo no tiene parientes; sólo se asocia con la virtud. 
Cuando el logro de la fortuna no es el efecto de la propia ambición, 
uno no está orgu­lloso de sus logros. 
Cuando el que ocurran calamida­des no es obra de uno, 
no se lamentan las propias acciones. 

La con­fianza constituye la cualidad de la persona ideal, 
la fide­lidad
 constituye la voluntad de la persona ideal; 
cuan­do la fidelidad y la verdad se forman dentro, 
su influen­cia origina una respuesta externa. 
Ésta es la cultura del sensato y el sabio. 

Existe una lógica consecuente para los hombres sabios
no necesitan autoridad para ser nobles, 
no necesitan riquezas para ser prósperos, 
no necesitan fuerza para ser poderosos. 
No explotan los bienes materiales, no ansían reputación social, 
no consideran que una elevada condición social sea segura, 
ni que una humilde condición social sea peligrosa: 
su cuerpo, su espíritu, su energía y su voluntad permanecen en su propio lugar.
 

No persigas acciones que puedan ser repudiadas, 
pero no tomes a mal si las personas te repudian. 
Culti­va virtudes dignas de elogio, 
pero no esperes que las personas te elogien.
 

Hablar es una manera de expresarse con los demás; 
escuchar es una manera de comprender a los demás en uno mismo. 
Conseguir un ejército de diez mil hombres 
no es tan bueno como escuchar una única palabra adecuada. 
Conseguir una perla preciosa 
no es tan bueno como averiguar de dónde proceden las cosas. 
Conseguir una joya valiosa 
no es tan bueno como averiguar dónde encajan las cosas. 

El aprendizaje de aquellos que escuchan con sus oídos está en la superficie de su piel. 
El aprendizaje de aquellos que escuchan con sus mentes está en su carne y en sus músculos. 
El aprendizaje de aquellos que escuchan con su espíritu está en sus huesos y en su médula. 

Los principios generales para escuchar 
son vaciar la mente de manera que esté clara y en calma: 
por eso abandona los estados de humor y no estés lleno de ellos, 
no ten­gas pensamientos vanos ni les des vueltas. 
No dejes que los ojos miren al azar, no dejes que los oídos escuchen al azar. 
Concentra la vitalidad de la mente de manera que ésta se refuerce 
y la atención interna se consolide plenamente. 
Una vez que lo hayas obtenido, 
debes estabilizarlo y preservarlo, extenderlo y per­petuarlo. 

Las personas de miras estrechas emprenden cosas para obtener provecho, 
la gente ejemplar emprende cosas basándose en la justicia.
 

Aquellos que pueden ganar los corazones de los demás 
son siempre personas que están en paz consigo mismas. 
Aquellos que están en paz consigo mismos son flexibles y complacientes.

Cuando Wen-tzu preguntó acerca de la Virtud, Lao Tse dijo:
Desarróllala, aliméntala, fortalécela, madúrala. 
El beneficio universal sin discriminación es uno con el cielo y la tierra; 
a esto se le llama virtud.

Cuando Wen-tzu preguntó acerca del Humanitarismo, Lao Tse dijo:
Si estás en una posición superior, no estés orgullo­so de tu éxito; 
si estás en una posición de subordina­ción, no te avergüences de tus problemas. 
Si eres rico, no seas arrogante; si eres pobre, no robes. 
Conserva siempre el amor universal imparcial y no dejes que se marchite. 
A esto se llama humanitarismo.

Cuando Wen-tzu preguntó acerca de la Justicia, Lao Tse dijo:
Si estás en una posición superior, ayuda al débil; 
si estás en una posición de subordinación, mantén el con­trol sobre ti mismo. 
No te complazcas en tus antojos cuando tienes éxito, 
y no te pongas ansioso cuando estés en una situación apurada. 
Sigue uniformemente la razón, sin torcerla de manera subjetiva. 
A esto se le llama justicia.

La justicia superior consiste en gobernar a la nación y establecer el orden doméstico, 
practicar la humanidad y la justicia, extender la benevolencia y dis­pensar la caridad, 
establecer simplemente las leyes y detener el comportamiento equivocado 

Nunca ha habido nadie en la historia que pudiera hacer que su conducta fuera perfecta. 
Por ello, las personas superiores no ejercen presión sobre un individuo para que sea perfecto. 
Son justos sin humillar, honra­dos sin ser cortantes, directos sin ser extremos, 
llenos de dominio sin ser censores. 

Quienes vencen a los demás tienen poder, pero quienes se vencen a sí mismos son fuertes 
 

Finalizamos esta sección con algunos  versos del Tao Te Kin, de Lao Tse: 

El camino del cielo semeja a quien tensa el arco. 
Humilla lo alto y alza lo bajo.
Rebaja lo que sobra y completa lo que falta.
El camino del cielo es quitar al que le sobra y dar al que le falta. 
El camino del hombre, sin embargo, es muy distinto: 
quita al que le falta y añade al que le sobra.
¿Quién ofrece al mundo todo lo que le sobra? Sólo quien tiene el Tao.
El sabio hace y no retiene, nada exige por su obra y oculta su sabiduría. 

No hay peor desgracia que dejarse arrastrar por los deseos.
No existe mal mayor que estar insatisfecho.
No hay daño mayor que ser codicioso.
Por eso: Solo el que sabe lo que es suficiente, tendrá siempre lo suficiente. 

Yo poseo tres perlas preciosas que tengo ocultas como tres tesoros.
La primera se llama "compasión”.
La segunda se llama "moderación".
La tercera se llama "humildad".
Porque tengo compasión, es que soy valiente.
Porque tengo moderación, es que soy activo.
Porque tengo humildad, soy señor de los vasallos. 

Sin embargo hoy día, se pretende ser valiente sin compasión.
Ser activo sin moderación. 
Dominar al pueblo sin humildad.
Esto en verdad es la muerte.
Solo vence el que combate con compasión.
Solo defiende el estado quien tiene compasión.
Cuando el cielo quiere salvarnos, 
nos protege mediante la compasión.  

El sabio se mantiene en armonía en su sitio, 
ama lo profundo en sus pensamientos, 
ama la bondad en su trato con la gente, 
ama la veracidad en sus palabras, 
ama el justo orden en el gobierno, 
actúa conforme a como debe actuar, 
actúa en concordancia con el ritmo del tiempo.
Porque no se impone, ningún reproche le cabe.   

E l sabio está consigo mismo y se vuelve arquetipo del mundo.
No se luce y por eso resplandece.
No se justifica y por eso brilla.
No se alaba y por eso es alabado.
No se exalta y por eso es exaltado.
Como no discute con nadie,en el mundo no hay quien discuta con él. 

El sabio elige ayudar a los hombres. No rechaza a ninguno.
Prefiere aceptar todo y no perder nada.
Por lo tanto el hombre bueno es maestro del hombre no bueno 
y el hombre no bueno es su buen material.
Porque el buen maestro no tiene interés, porque a su material no le tiene apego.
Permanece oscuro a pesar de ser resplandeciente. 
Este es el secreto esencial del Tao.  

El sabio es constante en su mente.
Hace de la mente del pueblo su propia mente.
Es bueno con el bueno. Es bueno con el no bueno. 
Esa es la virtud de la bondad.
Es sincero con el sincero. Es sincero con el no sincero. 
Esa es la virtud de la sinceridad.
La existencia del sabio no inspira temor a los hombres, permanece abierto a todo el mundo.
Mientras el pueblo lo contempla, él trata a todos como a sus propios niños 

El sabio no actúa para acumular.
Cuanto más entrega a los demás, 
tanto más posee para sí.
Cuanto más dones ofrece a los demás, 
tanto mas consigue para sí.
La norma del cielo es dar beneficios y no dañar.
 
El proceder del sabio es actuar sin violencia. 

El hombre sabio:se conoce a sí mismo, pero no se muestra.
Se quiere a sí mismo, pero no se exalta.
Prefiere lo que está adentro a lo que está afuera.
El sabio no es enemigo de sí mismo porque mantiene la misteriosa comunicación 
entre el cielo y la tierra, y se nutre en el seno de la madre.
Se ama, pero no se cree precioso; 
se conoce pero no busca la estimación ajena. 
Deja lo exterior por lo interior. 
Vive en paz consigo mismo y con los demás.  

El que conoce a los hombres es sabio;
El que se conoce a si mismo está iluminado.
El que vence a los otros es fuerte;
El que se vence a sí mismo es poderoso.
El que se contenta con lo que tiene es rico;
El que obra con determinación tiene voluntad.
El que es capaz de mantener su posición resistirá mucho tiempo;
El que es capaz de mantener su influencia vivirá después de su muerte.  

II- MÁXIMAS  SOCIALES

La clara serenidad y la alegre armonía constituyen la esencia humana; 
las pautas comunes y las líneas directrices regulan los asuntos. 
Cuando se conoce la esencia humana, 
uno se desarrolla de manera espontá­nea sin violarla; 
cuando cada uno sabe cómo regularse, sus acciones no son caóticas.
 

La razón por la que los sabios son estimados 
no es porque formulen sanciones de acuerdo con los críme­nes, 
sino porque conocen de dónde proviene el desor­den

Un orden social claro y apacible se caracteriza por la armonía y la tranquilidad, 
la llaneza y la simplicidad, la serenidad y la liberación de la agitación. 
Internamente unido al Camino, externamente conforme a la justicia, 
el discurso es breve y lógico, la acción es alegre y sensa­ta. 
Los corazones están en paz y son auténticos, las obras son sencillas y sin adornos. 

En una sociedad ordenada
los empleos son fáciles de conservar, el trabajo es fácil de hacer, 
las reglas son fáciles de observar, las deudas son fáciles de pagar. 
Por ello, la gente no tiene  más de un empleo simultá­neamente, 
y los cargos no son ocupados por más de una persona al mismo tiempo. 
Aquellos que se dedican a sus trabajos y no los dejan, que no entablan pleitos, 
que no intentan esca­par cuando ven las dificultades, 
y que no intentan sacar una ventaja cuando la ven, 
son personas excepcio­nales.
 

Nada en el mundo es más fácil que hacer lo que es bueno
nada es más arduo que hacer lo que no es bueno. 
Hacer lo que es bueno significa estar en calma y sin artificios, 
siguiendo tu verdadera condición y rechazando el resto, no siendo seducido por nada, 
siguiendo tu naturaleza esencial, preservando la reali­dad y no cambiándote a ti mismo. 
Por ello, es fácil hacer lo que es bueno. 

Las personas tienen tres resentimientos
Aquellos cuya condición social es elevada son envidiados por otras personas. 
Aquellos cuyos cargos son importantes son odiados por los gobernantes. 
Aquellos cuyos ingresos son abundantes son mirados con envidia por los demás.

Así, cuanto más elevada es la posición social, más humilde debería ser uno; 
cuanto más importante el cargo, más cuidadoso debería de ser; 
y cuanto más elevados los ingresos, más generoso debería ser uno. 
Quienes ejercen estas tres cualidades no son envi­diados.
Por ello, la nobleza se basa en la modestia, 
y la ele­vación se funda en la humildad.
 

El pueblo valora la virtud
toma a pecho el humanitarismo
considera con temor reverencial la justicia 
y respeta la cortesía
Estas cuatro cosas son signos de civilización, 
medios por los que los sabios gobiernan a las multitudes.

Si los dirigentes no tienen virtud, el pueblo estará lleno de resentimiento. 
Si los dirigentes no tienen humanidad, el pueblo luchará. 
Si los diri­gentes no tienen justicia, el pueblo será violento.

En una sociedad de virtud perfecta
los mercaderes hacen sus mercados convenientemente, 
los granjeros disfrutan de sus campos, 
los empleados están seguros en sus trabajos, 
estudiosos independientes practican sus métodos, 
y el pueblo en general disfruta de su tra­bajo. 

Cuando una sociedad degenera

los impuestos son inmoderados y las ejecuciones nunca cesan; 
los críticos del sistema son castigados 
y los hombres virtuosos son matados. 

Así pues, cuando una sociedad está en orden, un loco no puede perturbarla solo 
y  cuando una sociedad es caótica, un sabio no puede gobernarla solo. 

Existen dos juicios establecidos sobre lo que es verdadero y lo que es  falso en el mundo. 
Cada persona juzga como verdadero lo que considera agradable 
y juzga como falso lo que considera desagradable. 
Así, la bús­queda de lo verdadero no es la búsqueda de la verdad, 
sino la búsqueda de aquellas personas que están de acuerdo con uno mismo. 
Entonces la persona no se separa de lo falso, 
sino de aquellas personas que están en desacuerdo con los propios sentimientos e ideas. 

III- MÁXIMAS  SOBRE  EL BUEN  Y  EL MAL GOBIERNO

El gobernante es el corazón de la nación
Cuando el corazón está bien, todo el cuerpo está cómodo; 
cuando el corazón está ansioso, todo el cuerpo está perturbado.

Ser un líder es como disparar una flecha; 
una minúscula desviación en el disparo tiene como consecuencia 
un fallo por un amplio margen. 
Ésta es la razón por la que quienes gobiernan a los demás 
deben ser cuidadosos respecto a cómo los influyen.

Gobernar el país valorando a la persona individual 
es una base conveniente para que a uno se le confíe el país. 
Gobernar el país preocupándose por las personas 
es una razón para que se le ponga a uno a cargo del país.
 


Cuando los verdaderos líderes
 de la humanidad piensan, 
sus espíritus no se agitan en sus pechos, 
su conocimiento no se exhibe a los cuatro vientos, 
pues sus cora­zones  rebosan  benevolencia y de la sinceridad.
Alimentan al pueblo con justicia; la autoridad no es imperiosa, 
el sistema legal no es complicado, la edu­cación es espiritual. 
Las leyes son amplias, los castigos llevaderos, las prisiones están vacías.

Ayuda a los pobres y a los menesterosos
y nacerá una gran reputación. 
Promociona lo que es benéfico y eli­mina lo que es dañino, 
y el mérito quedará estableci­do. 
Cuando no hay problemas en el mundo, 
incluso los sabios no tienen ningún lugar donde dispensar sus gracias. 
Cuando las clases elevadas y las clases inferio­res están en buenas relaciones mutuas, 
incluso los filántropos no tienen proyectos que emprender.

Por ello, el gobierno de los pueblos está imbuido de la virtud y acepta el Camino, 
promo­viendo la confianza y dispensando felizmente el cono­cimiento inagotable. 
Se deja que descanse la retórica y cesen los discurso, 
pero lamentablemente el mundo no sabe estimar a quienes no hablan.
 

Cuando los sabios están en posición de liderazgo
el pueblo es influido espiritualmente, 
siendo conduci­do por medio de los sentimientos. 
Cuando los que están arriba actúan sin obtener una respuesta de los que están abajo, 
esto significa que los sentimientos y las órdenes están en desacuerdo.

¿Cómo consiguen los líderes ser queridos?
Siendo como un río, que no tiene aroma pero que es infinitamente útil, 
que empieza pequeño y más adelante se hace grande.
Quienes desean estar por encima de los demás 
deben empequeñecerse a sí mismos delante de ellos en el discurso; 
quienes desean preceder a los demás deben seguirles. 
Entonces, el mundo imitará su amor y pro­moverá su humanidad y justicia, 
de manera que no habrá crueldad.
Aunque estén en la cima, la gente no los conside­rará una carga; 
aunque estén en una posición de liderazgo, las multitudes  no los atacarán. 
El mundo los pro­mueve con alegría y no se cansa de ellos. 
Incluso en otros países con diferentes costumbres todo el mundo los quiere. 
Pueden ir a cualquier parte con éxito y son apreciados por todo el mundo.
 

Cuando Wen-tzu le preguntó acerca del gobierno, Lao Tse dijo:
Guíate por el Camino, nútrete de la virtud. 
No exhibas tus talentos, no ejerzas presión. 
Sé modesto y mantente en la unidad, sin ufanarte de nada considerado provechoso 
ni exhibir nada considerado deseable.  
Sé correcto y honrado, sin causar perjuicio o daño. 
No tengas presunción ni orgullo.

Gobierna
 mediante el Camino, y el pueblo será leal; 
nútrelo con virtud y el pueblo obedecerá. 
No exhibas talentos, y el pueblo estará contento; 
no ejerzas pre­sión, y el pueblo será simple. 
No hacer una exhibición de tus talentos es moderación. 
No ejercer presión es no ser presuntuoso.

Reúne
 al pueblo mediante la humildad, gánalo mediante la generosidad; 
presérvate a ti mismo mediante el autocontrol, 
y no te arriesgues a estar orgulloso  de ti mismo. 
Si no eres humilde, el pueblo se volverá ajeno y se alienará. 
Si no lo nutres, el pueblo se hará rebelde. 
Si haces una exhibición de talento, el pueblo será conflictivo. 
Si ejerces presión, el pueblo quedará resentido.

Cuando el pueblo es ajeno y se aliena, la fuerza de la nación decrece. 
Cuando el pueblo se rebela, el liderazgo no tiene autoridad. 
Cuando el pueblo es conflictivo, fácilmente hace el mal. 
Cuando quienes están abajo están resentidos con quienes están arriba, 
el ejercicio del poder es entonces peligroso.
 

Cuando Wen-tzu preguntó acerca de las bases para gobernar un país, Lao Tse dijo:
La base se halla en gobernar a la persona
Cuando no se ha aprendido nada acerca de gobernar a la perso­na, el país cae en el desorden. Nunca ha habido un país en orden en el que las personas estén en desorden. 
Por ello, se dice que cuando la cultivas en ti mismo, esa virtud es real. 

Los dirigentes iluminados de los antiguos tiempos 
limitaban lo que tomaban de sus súbditos 
y eran moderados en su propia manera de vivir. 
Antes de cobrar nada aseguraban las rentas anuales: midiendo lo almacenado por el pueblo, cobraban impuestos sólo después de determinar si había excedentes o déficit. 

De esta forma, podían participar de lo que recibían del cielo y de la tierra, 
y evitar las pesadumbres del hambre y del frío. 
Su compasión por el pueblo era tal que no condimentaban sus propios alimentos 
si existía algún hambriento en el país, 
y no llevaban prendas lujosas si había gente que pasaba frío. 
Compartían los mismos dolores y alegrías que el pueblo; 
por tanto, no había menesterosos en el país.

Los gobernantes  ignorantes no son así: toman del pueblo sin calcular su fuerza, 
buscan recaudar de sus súbditos sin medir sus graneros. 
Hombres y mujeres no pueden atender a su arar y a su tejer, 
porque tienen que satisfacer las demandas de los gobernantes; 
sobre explotada su fuerza y agotada su riqueza, 
cada mañana están inseguros de poder sobrevivir ese día. 
Los gober­nantes y sus súbditos se odian entre sí.

De las energías del universo, ninguna es mayor que la armonía
Por tanto, el Camino de los sabios consiste en ser magnánimos pero firmes, 
estrictos pero cálidos, ama­bles pero justos, valientes pero humanos. 

Lo que es demasiado duro se quiebra, y lo que es demasiado blando se dobla: 
el Camino está justo entre la dureza y la blandura. 
La benevolencia exagerada debilita, lo cual es indigno. 
La severidad exagerada se convierte en ferocidad, lo cual es discor­dante. 
El amor excesivo se convierte en complacencia, lo cual es ineficaz. 
El castigo excesivo se convierte en calamidad. 
Esta es la razón por la que se valora la armonía.
 

Cuando quienes tienen más que suficiente se detienen en una buena medida
y quienes tienen menos que suficiente tienen acceso a lo que necesitan
entonces el mundo puede ser uno.
 

Existen constantes para gobernar a las naciones, 
pero la base consiste en beneficiar al pueblo; 
existen medios de promulgar políticas, 
pero lo importante consiste en llevarlas a cabo. 
La ley surge de la justicia, la justicia surge de lo que es apropiado para la gente, 
y lo que es apropiado para la gente es lo que se armoniza con las mentes de la gente

Ésta es la esencia del orden.
Lo que se establece entre los escalones más bajos 
no debe ser ignorado en los escalones superiores; 
lo que se prohíbe al pueblo en general 
no debe ser practicado por las personas privilegiadas.

Por ello, cuando los dirigentes determi­nan las leyes, 
deben aplicárselas primero a ellos mismos para probarlas y comprobarlas. 
Así, si una norma fun­ciona sobre los mismos gobernantes, 
entonces puede ser impuesta al vulgo.

Cuando los dirigentes consideran a sus subordina­dos como a sus propios hijos
los subordinados traba­jan por sus dirigentes como por sus propios padres. 
Cuando los dirigentes consideran a sus subordinados como a sus propios hermanos menores, 
los subordina­dos consideran a sus dirigentes como a sus propios hermanos mayores. 

Cuando los dirigentes consideran a sus subordinados como a sus propios hermanos menores, seguramente morirán por ellos en la dificultad; 
cuando los subordi­nados trabajan por sus dirigentes como por sus pro­pios hermanos mayores, seguramente perecerán por ellos en la dificultad. 
Por ello, no será conveniente enfrentarse en la batalla 
con un ejército de padres e hijos, de hermanos mayores y menores.

Cuando padres amorosos cuidan de sus hijos, 
no significa que busquen recompensa de ellos, 
sino que no pueden quitárselos de sus mentes. 
Cuando diligen­tes sabios nutren a su pueblo, 
no es para emplearlos para sus usos personales propios, 
sino porque no pue­den hacer de otra manera por naturaleza.

Un gobernante justo 
cultiva su gobierno inter­namente para fortalecer su virtud, 
y detiene el mal afue­ra para mostrar su poder. 
Observa si su pueblo está cansado o descansado 
para saber si está hambriento o saciado.

Cuando los reyes sabios son los que dirigen, 
mues­tran al pueblo lo que es bueno y lo que es malo, 
y lo guían sin censura ni halago. 
Favorecen a quienes son virtuosos y los promueven, 
mientras que rebajan y degradan a quienes no son virtuosos. 
Así se practica la equidad y la justicia, 
y se confía en las responsabilidades a los sabios y virtuosos.

En los antiguos tiemposcuando el sabio rey Yao gobernaba el país, 
guiaba al pueblo de tal manera que quienes vivían cerca del agua pescaban, 
quienes vivían en los bosques recolectaban, quienes vivían en los valles pastoreaban, 
y quienes vivían en las tierras altas cultivaban el suelo. 
Sus hábitats eran adecuados a sus ocupaciones, 
sus ocupaciones eran adecuadas a sus herramientas, 
y sus herramientas eran adecuadas a sus recursos. 
En las tierras húmedas tejían redes, y en los terrenos secos araban los campos.
Así pues, la gente era capaz de utilizar lo que tenía para cambiarlo por aquello de lo que carecía, utilizan­do sus capacidades en intercambio de lo que no podían hacer por sí mismos. 

Una balanza es imparcial; por eso puede ser utili­zada para pesar. 
Una plomada es imparcial, por esto puede utilizarse como regla. 
La ley del verdadero dirigente es imparcial, 
por ello puede ser utilizada para establecer la dirección. 
Cuando no hay ni favoritismo ni resentimiento oculto, 
esto es confianza en el Cami­no y armonía con los corazones humanos.

Por tanto, el engaño no tiene nada que ver con la práctica del gobierno. 
La balanza, el compás y la regla están fijados de manera uniforme e inalterable, 
siempre los mismos y nunca inexactos, trabajando correcta e infatigablemen­te. 
Una vez construidos, pueden ser manejados para siempre; 
esto es acción sin artilugio ni trampas.
Unidad significa ausencia de artilugios; un centenar de reyes pueden utilizarla, 
múltiples generaciones pue­den transmitirla, porque se aplica sin cambiar. 

Cuando Wen-tzu preguntó cuál es la conducta que hace que 
el pueblo se sienta cercano a sus dirigen­tes, Lao Tse dijo:
Empléalo a su tiempo y sé respetuoso y prudente, 
como si estuvieras enfrentándote a una profunda sima, o caminando sobre un delgado hielo. 
Todo el mundo es tu aliado cuando es bien tratado 
y es tu enemigo cuan­do no es bien tratado.

La estrategia es el modo en que los sabios actúan correctamente. 
Si al principio hay oposición pero des­pués hay acuerdo, 
a esto se llama estrategia. 
Si al prin­cipio hay acuerdo pero después hay oposición, 
ello indica que se ignora la estrategia.
Para quienes ignoran la estrategia, lo bueno se convierte en malo.  

Malos gobernantes 

Quienes dejan que el cálculo y la especulación
 gobiernen sus vidas, 
trabajan arduamente sin lograr sus fines. 
Las leyes rígidas y los castigos severos no son la obra de grandes líderes; 
fustigar al caballo una y otra vez no es la manera de montar para recorrer una larga distancia.

Cuando proliferan las preferencias y las aversiones, sobrevienen las dificultades. 
Por ello, las leyes de los reyes de antaño no eran una imposición, 
sino algo en lo que se confiaba; 
sus prohibiciones y castigos no eran obra de la fría planificación, 
sino de una aguda observación.
 

Si los que están arriba son codiciosos y no tienen medida, 
quienes están abajo serán entonces ambiciosos y carecerán de deferencia. 
Cuando el pueblo es pobre y miserable, surgen la división y el conflicto; 
se trabaja arduamente sin éxito, brota la astucia y aparece el latrocinio. 
Los gobernantes y los gobernados tienen resentimiento recíproco, 
y las órdenes no se cumplen.
            

C
uando el gobierno es cruel, el pueblo se rebela. 
Cuando los que están arriba tienen muchas ambiciones, 
los que están abajo inventan muchas argucias. 
Cuando los que están arriba están agitados, los que están abajo están incómodos. 
Cuando los que están arriba son muy exigentes, los que están abajo entablan conflictos. 
Intentar curar las manifestaciones sin cuidar la raíz 
es igual que romper una presa para detener un desbordamiento, 
o intentar apagar un  fuego con un haz de leña en los brazos.
 

Cuando las leyes son complicadas y los castigos severos, 
el pueblo se vuelve taimado. 
Cuando quienes están arriba tienen muchos intereses, 
quienes están abajo adoptan muchas posturas. 
Cuando se busca mucho, se consigue poco. 
Cuando son muchas las prohibiciones, se consigue que se haga poco.
 

Cuando los gobernantes son altaneros, se vuelven autocomplacientes, 
y cuando se vuelven autocomplacientes, abusan de las cosas.

Si los gobernantes no tienen preferencias ni aver­siones, 
nadie guarda resentimiento por las ejecuciones ni es bendecido por recibir limosna.
 
Cuando las personas se basan en su propio poder y abusan de su rango
inevitablemente llegan a un calle­jón sin salida, 
porque cuando se usan estas artimañas, enton­ces la justicia desaparece.
 

Los gobernantes arbitrarios no son como las per­sonas maduras. 
Cuando llegan a poseer la riqueza del país y a ocupar la posición del gobierno, 
agotan la energía de la gente corriente 
para intentar por todos los medios satisfacer sus propios deseos sensuales. 

Sus mentes están preocupadas por tierras, salas, terrazas, estanques, jardines, 
animales salvajes, rarezas y curiosi­dades. 
La gente pobre muere de hambre, los cam­pesinos se hielan de frío, 
mientras que los habitantes de los palacios visten sedas decoradas. 
Así pues, cuando los gobernantes acumulan estas cosas inútiles, 
las vidas de todos son inseguras.
 

Si los gobernantes no delegan la autoridad en quienes son capaces 
y se inclinan por hacer las cosas por ellos mismos, 
entonces su conocimiento se tensará día a día, 
y serán ellos mismos quienes soportarán la culpa. 

Cuando los gobernantes usan
 artimañas, hay conflictos;  
cuando hay conflictos, es posible la rebelión. 
Cuando 
hay favoritismo, hay adulación; 
y cuando hay adulación, la seducción es posible.
 

En cambio, la manera de actuar de los buenos dirigentes
 
no implica estratagemas ni artimañas, 
sino que implica seguir el recto curso. 
Implica tener  seguidores, pero no implica favoritis­mo. 
 

Si escuchas los halagos 
en lugar de prestar atención al trabajo que la gente hace, 
si confías en facciones y en camarillas 
en lugar de considerar el mérito y el esfuerzo, 
se perpetuarán entonces artes extrañas 
mientras que el trabajo ordinario no progresa­rá; 
las costumbres de la gente se volverán confusas en el país, 
mientras que ministros afortunados lucharán entre sí.
 

Cuando los gobernantes son sabios
guían y juz­gan con justicia; 
personas sabias y honradas se ocupan del funcionariado, 
personas capacitadas y capaces se ocupan del trabajo. 
La riqueza se distribuye hacia abajo, y todo el mundo es consciente de sus bendicio­nes. 

Pero cuando degeneran
las camarillas y las facciones 
promueven cada una a sus compinches, sustituyendo el interés público por el privado. 
Con personas de aden­tro y personas de afuera derrocándose entre sí, 
las posiciones de poder están ocupadas por los astutos y traidores, 
mientras que las personas virtuosas y sabias deben permanecer escondidas.
 

Los gobernantes  sabios promueven a las personas sen­satas 
para hacer que las cosas se hagan, 
mientras que los gobernantes sin valor 
promueven a sus propios aliados.
Observa a quién promueven, y  te darás cuenta si habrá orden o desorden; 
examina sus alianzas, y po­drás decir quién es sensato y quién carece de valía.

Los gobiernos corruptos de la sociedad 
no tienen en cuenta las necesidades de la vida;  
corrompen la pureza del mundo, destruyen su simplicidad 
y hacen que el pueblo esté confuso y hambriento, convirtiendo la claridad en oscuridad. 
La vida es pasa­jera y todo el mundo se esfuerza alocadamente. 
La honradez y la confianza desaparecen y las personas pierden su naturaleza esencial; 
la ley y la justicia están reñidas y las acciones son contrarias a lo que es beneficioso. 

Los gobiernos de las épocas degeneradas 
extraían los minerales de las montañas, tomaban metales y gemas, 
partían y pulían perlas, fundían bronce y hie­rro; 
así pues, nada florecía. 
Abrían los vientres de los animales preñados, quemaban los prados, 
volcaban los nidos y rompían los huevos. 
Cortaban los árboles y construían edificios, quemaban los bosques, 
sobre-pescaban en los lagos hasta el agotamiento. 
Amontonaban la tierra para poder vivir en las colinas, 
y cavaban el suelo para poder beber de los pozos. 
Hacían más profundos los ríos para fabricar represas, 
construían murallas en las ciudades que consideraban seguras, 
cercaban a los anima­les y los domesticaban.
       
       Se trata de un increíble testimonio de la destrucción de la bioesfera, 
       iniciada hace miles de años, 
       cuyas tremendas consecuencias hoy vivimos,
       y de un profundo alegato ecológico que hoy comenzamos a tomar conciencia.


De este modo, se confundía el yin y el yang: las cuatro estaciones perdían su orden, 
el trueno y el rayo causaban destrucción, el granizo y la helada causaban perjuicio. 
Muchos seres morían temprano, las plantas y los árboles se agostaban en verano, 
los principales ríos dejaban de fluir. Las montañas, los ríos y  los valles eran divididos 
y se les ponía límites; se calcu­laba el tamaño de los grupos y se les hacía tener un número prefijado. 

Cuando el gobierno no es agresivo, el pueblo es puro; 
cuando el gobierno es agresivo, el pueblo es defectuoso.
 

Finalizamos con estos pensamientos del Tao Te Kin de Lao Tse: 

Cuando el gobernante es indulgente, el pueblo se halla en la abundancia.
Cuanto más severo es un gobernante, más se encuentra el pueblo en la indigencia.
La felicidad se apoya en el desprendimiento. 
La infelicidad está latente en el seno de la fortuna 

El gobernante sabio es firme pero no cortante.
Es anguloso pero no hiere a nadie.Es recto pero no duro.
Resplandece pero no deslumbra. 

Cuando el rey cobra impuestos en demasía, el pueblo sufre hambruna.
Cuando el rey actúa en beneficio de sus propios intereses, el pueblo es difícil de gobernar